Periodismo, propaganda y guerra

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Resulta asombroso que el país que inventó la publicidad moderna haya sido tan débil a la hora de vender su visión sobre la guerra.

Ahora que la guerra de Iraq se acerca a su fin, crecen las críticas sobre la cobertura periodística: ¿por qué hemos sabido tan poco? ¿Por qué han fallado tantas veces las predicciones? ¿Ha sido culpa de las autoridades? ¿Ha sido el hecho de que los medios de comunicación siempre tienden a exagerar, puesto que un pequeño terremoto carece de interés? La respuesta breve es que se esperaba demasiado de los corresponsales desplazados allí, gente valerosa, algunos de los cuales han dado la vida.

Normalmente (no sólo de noche o durante una tormenta de arena), un corresponsal sólo sabe lo que ocurre a pocos metros a su derecha y a su izquierda. Preguntarle desde el estudio cuál es la situación en el norte de Iraq no es muy inteligente.

Cuando yo era un corresponsal de guerra muy joven, mi jefe, un famoso veterano de la Segunda Guerra Mundial, me dijo que creyera solamente lo que veía con mis propios ojos y, de eso, sólo la mitad. ¿Por qué la mitad? Porque lo que veía no era más que una instantánea. Pese a que podía confiar en mis ojos en un momento determinado, no podía saber qué había sucedido una hora antes, ni qué sucedería una hora después. Existe la famosa “niebla de la guerra”, una expresión de Clausewitz que prevalece aún en nuestra era de sensores y dispositivos electrónicos.

También hemos tenido a los ex generales y coroneles retirados que han comentado varias veces al día los acontecimientos de los diversos frentes. Algunos han proporcionado unos análisis muy inteligentes, otros han resultado menos esclarecedores. No obstante, incluso los mejores de ellos se encontraban en la misma posición que un médico muy competente intentando diagnosticar la enfermedad de un paciente que se encuentra a tres mil kilómetros o más de distancia. Carece de sentido criticar a los generales estadounidenses y británicos; su trabajo era ganar la guerra, no crear condiciones ideales para los periodistas. Tampoco hay que hacerlo, con mayor motivo, con los periodistas de países contrarios a la guerra. Éstos, las más de las veces, ofrecen noticias negativas en parte porque es lo que se espera de ellos, pero también porque han de demostrar que son independientes pese a haber sido “integrados” en unidades militares.

Lo mismo sucede en especial con periodistas árabes como los de la famosa cadena de televisión Al Jezira, de donde ha provenido gran parte de la información. Hasta el estallido de la guerra, Al Jezira era una cadena propagandística (a fin de cuentas, era el portavoz de Ossama Bin Laden y él no les habría concedido sus proclamas a menos que los considerase partidarios suyos, y lo mismo ocurre en cuanto a sus actividades en Iraq). Tenían a su jeque televisivo, Yusuf Al Qaradawi, que ha predicado que el terrorismo suicida está permitido en ciertas circunstancias y en las últimas semanas se ha manifestado a favor de la “yihad”.

Sin embargo, han realizado su trabajo de una forma inteligente y han conseguido cierta credibilidad, entrevistando también de vez en cuando a líderes occidentales, e incluso israelíes. Con el estallido de la guerra, no obstante, su patriotismo árabe ha prevalecido sobre su integridad y su objetividad periodística y no les han mostrado a sus varios millones de telespectadores árabes lo que ha sucedido, sino lo que querían ver. Al Jezira se convirtió durante dos semanas en Bagdad 2, la segunda cadena no oficial de la televisión iraquí. Cierto, su identificación con Saddam no fue total y al final tuvieron que abandonar la capital de Iraq.

Todo esto es más que comprensible psicológicamente, pero el error de las agencias de prensa occidentales ha sido presentar a Al Jezira como una fuente objetiva de información, creyendo que la verdad se encontraba a medio camino entre los comunicados del cuartel general estadounidense y la cadena árabe. Pero la verdad no estaba a medio camino sencillamente porque, aunque los estadounidenses hayan podido presentar la situación de la mejor forma posible, la capacidad de los generales de EE.UU. para diseminar embustes descarados, por mucho que hayan querido, es muy limitada. Están vigilados por demasiados críticos y no pueden permitirse perder credibilidad. En vista de todo esto, la propaganda estadounidense ha sido débil. Resulta asombroso (si bien debería uno saberlo ya de experiencias pasadas) que el país que inventó la publicidad moderna haya sido tan débil a la hora de vender sus propios productos en tiempos de guerra; en otras palabras, lanzar una guerra política. Ni el Pentágono, ni el Departamento de Estado ni la Casa Blanca parecen haber comprendido nunca la importancia de la propaganda iraquí. Un régimen fascista descansa sobre dos pilares fundamentales: el terror y la propaganda. La destrucción de la máquina propagandística de Saddam Hussein, no obstante, apenas ha desempeñado papel alguno en la estrategia estadounidense durante las primeras dos semanas de la guerra.

En la Segunda Guerra Mundial se dio una situación similar, Londres fue mucho más consciente de la importancia de la propaganda (y mucho más hábil) que EE.UU. ¿Cómo ha podido nadie esperar que los iraquíes se rebelasen contra el régimen baasista después de haber sido adoctrinados durante veinticinco años? Muchos iraquíes creyeron de verdad que el enemigo seguía aún a 150 kilómetros de distancia y que no tardaría en ser derrotado, cuando en realidad se encontraba ya en la periferia de Bagdad.

Así pues, los límites de la propaganda siempre deberían estar claros. En un país democrático, la propaganda no puede servir para justificar durante ningún periodo de tiempo una política que es profundamente torpe y está abocada al fracaso. Si EE.UU. intentase establecer un gobierno militar en Iraq, no habrá suficiente propaganda sutil que pueda explicar de una manera convincente el razonamiento que se esconde tras una decisión de este tipo.

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